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El fin de un mito — Parte 1

Dice la leyenda que eran uno solo, un único ser viviente destinado a ejercer el bien y a jugar a Magic. Son muchas las historias que corren sobre él, sobre sus orígenes, sus hazañas  y sus grandes y fascinantes habilidades. Igual que los grandes súper héroes del estilo de Batman o Spiderman su identidad solo fue conocida por unos pocos privilegiados. Yo soy la última persona con vida que conoce su verdadero nombre y su rostro pero, como os podéis imaginar, no voy a desvelar su secreto en un blog como este, que tiene miles de visitas diarias y una repercusión mundial.

Como toda leyenda urbana hay mucho de mentira y poco de verdad en todo lo que concierne a su vida. Afortunadamente tuve el honor de crecer junto a él y fui testigo presencial de su transformación, así que tengo total potestad para explicaros, de manera totalmente fiable, la historia del Gran Capini.

La vida de Capini fue de lo más normal hasta los 16 años, edad en la cual empezó a sentir una llamada. No sabía de donde lo llamaban pero él la escuchaba una y otra vez. Era la llamada del friquismo, pero eso él lo desconocía.

Un día  apareció su vecino con un mazo de cartas en la mano. Capini intrigado le preguntó qué era esa baraja llena de dibujitos que no parecía tener sentido ni orden ninguno pero de la cual no podía apartar la mirada. Es un mazo de Magic-contestó Bartolomius el vecino. Esa pregunta fue el principio de todo. Bueno, más bien podríamos decir que fue el fin como persona de Capini.

Pasaba las cartas de una en una lentamente, fascinado y entusiasmado ante un mundo que se le abría de repente delante de sus ojos. Y entonces lo vio. ¿Qué es esto?-quiso saber Capini. Es un espectro hipnótico.-contestó Bartolomius mientras se regodeaba de su sabiduría- Es un 2/2 que vuela y cada vez que hace daño el oponente descarta una carta. Capini no entendió que significaba aquello pero sin duda tenía que ser algo muy bueno. Se quedó maravillado por aquella imagen y nunca más volvió a ser el mismo.

Esta nueva persona aprendió conjuros, hechizos y un sinfín de habilidades que no puedo detallar todas aquí ya que tardaría varias horas y no queiro aburriros. Pronto se dio cuenta de su poder e intuyó que esa gran fuerza que dormía en él podía traerle enemigos a él y a sus seres más queridos. Vagaba sin rumbo por las calles meditando que podía hacer para pasar desapercibido mientras usaba sus poderes cuando de repente vio una pequeña, casi diminuta, tienda en la que nunca se había fijado. Se sorprendió ya que no recordaba haber visto nunca antes ese local. Fue entonces cuando se sintió extrañamente atraído por una capa totalmente negra que descansaba en el escaparate. Parecía tener vida propia e incluso creyó ver como se movía invitándole a entrar.

La puerta chirrió al abrirse y se escuchó el clásico tintineo del timbre que colgaba del techo. La tienda estaba inmersa  en la sombra y era muy difícil ver más allá de un par de metros. El ambiente se encontraba denso, el olor a rústico y a incienso impregnaba totalmente la atmósfera introduciéndose por sus orificios nasales, embriagándole por completo. Lentamente el timbre cesó su canción  y el silencio se hizo amo de la oscuridad.

Nadie salió a recibirle y permaneció unos minutos inmóvil, totalmente paralizado y algo asustado también. Era incapaz de mover un ápice de su cuerpo, consciente de que si daba un paso más ya no habría vuelta atrás. Estaba a tiempo de salir de allí y olvidarse de la capa pero una misteriosa fuerza lo retenía en el interior de la tienda.

Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y Capini se sintió algo más relajado y tranquilo. Empezó a observar la tienda y los objetos más cercanos a él. En la estantería más cercana se encontraban diferentes relojes antiguos, cada uno a una hora diferente y ninguno en la correcta. Todos parecían muy viejos, a la par que bien conservados. En la repisa inferior había una cerámica alemana representando a unos bebedores de cerveza. A su lado se encontraba un busto camerunés de los años 50 y una pipa irlandesa de los años 30. El fondo de la tienda estaba lleno de jarrones de porcelana pintados de mil formas diferentes. Sobre la pared, un mosaico de cuadros desordenados le hizo darse cuenta, por si faltaban datos,  de que estaba una tienda de antigüedades.

Niño, ¿quieres algo?-le dijo una voz ronca llena de edad. Capini se estremeció de sorpresa y giro su cuerpo hacía la derecha. Allí había un mostrador de madera de roble con aspecto usado y detrás de él, sentado en un taburete entre las sombras, permanecía inmóvil un octogenario anticuario. No podía creer que no se hubiera dado cuenta de su presencia hasta ese momento, bien pasados ya los diez minutos dentro de la tienda. El anticuario tenía el poco pelo largo que le quedaba recogido en una coleta y una barba canosa y muy espesa que le cubría casi totalmente la cara. En su mano derecha asía una lupa grande  y en la izquierda una pequeña piedra de un rojo intenso que no dejaba de observar.

Déjame adivinar-prosiguió el anticuario- vienes a por la capa,¿no?. Capini era incapaz de articular palabra alguna y simplemente asintió con la cabeza. Sigues sin entenderlo, ¿verdad? No eres tú el que quiere la capa, es la capa la que te quiere a ti. Ves a buscarla y pruébatela-le dijo mirándole fijamente con unos extraños ojos azules llenos de vida.

Capini se puso la capa e instantáneamente sintió su poder. Una extraña sensación recorrió su cuerpo estremeciéndolo de los pies a la cabeza. Finalmente se puso la capucha y la simbiosis fue total. Se sentía fuerte, capaz de cualquier cosa, por inimaginable que fuera. Avanzó con determinación hacía el mostrador dispuesto a pagar el precio que le exigiera el anticuario y se sorprendió al ver el taburete vacío. El anticuario había desaparecido. En el mostrador había una nota que decía “No quiero dinero por la capa, mañana tráeme cualquier objeto antiguo que tengas y hacemos el trueque“. Capini se quitó la capa, la doblo perfectamente y la introdujo en su mochila.

Una vez en su casa, con la capa puesta de nuevo, empezó a practicar más hechizos y conjuros. Todo lo que intentaba le salía a la perfección e incluso fue capaz de articular hechizos que no había estudiado anteriormente. Simplemente los convocaba y ellos acudían. Las palabras fluían de su garganta como algo bien aprendido años atrás, como si los hubiese conocido siempre. Con la excepción de que él nunca había estudiado esos conjuros. Y entonces se dio cuenta: él no lanzaba ningún hechizo, los lanzaba todos la gran capa negra.

Al día siguiente se dirigió a la tienda de antigüedades a entregarle una pipa tallada a mano de su padre. La sorpresa fue que la tienda ya no se encontraba allí donde había estado el día anterior.¡Se había esfumado! Recorrió varias veces la misma calle, pero no había duda: la tienda había desaparecido.

Desconcertado volvió a su casa a practicar más y más hechizos. Y así fue como se convirtió en El Gran Capini.

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Hasta aquí la primera parte de este cuento. Se sale bastante de lo habitual pero espero que os guste. En la próxima entrega podremos disfrutar de un nuevo personaje: Antonious

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8 comentarios to “El fin de un mito — Parte 1”

  1. Bien bien el “Gran Capini” me gusta

  2. jajjajaj esperando con ansia a antonious

  3. Ya estas tardando en hacer la 2ª parte jajajaj

  4. Gran Capini, Bartolomius y Antonious jajajajajajajajaja
    KEREMOS LA 2ª PARTE YA!!!!

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